¡Lo que tanto quieres tal vez no te conviene!

Hace unos años decidí comprar una casa. Después de varios meses de búsqueda encontré una residencia hermosa y acogedora en Los Ángeles, California. Las calles del vecindario estaban adornadas con bellos sauces; manejar por este barrio daba la sensación de estar en un jardín encantado. Después de recorrer la propiedad le dije a mi agente de bienes raíces: “hagamos una oferta inmediatamente, ¡esta casa tiene que ser mía!”.

Lamentablemente dos días después sucedió algo inesperado. Los dueños de la casa decidieron no venderla. No podía creerlo. ¡Esta era la casa de mis sueños! Desilusionada y triste pensé: “no voy a encontrar otra casa que me guste tanto como ésta”.

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Un mes después de esta decepción, me llegó una excelente oportunidad de empleo para transmitir mi propio programa de radio nacional desde Miami. Sin pensarlo, acepte y me mude a la ciudad del sol. ¡Que irónico!, si hubiera comprado aquella casa, hoy no estaría donde vivo. Es cierto que no tengo un jardín encantado, pero el sol, las palmeras y la vista al mar me hacen sentir en el paraíso. Hoy doy gracias a Dios por no ayudarme a comprar “la supuesta casa de mis sueños”.

Estas cosas suceden en la vida, deseamos algo ardientemente pero no se nos da; un trabajo, un amor o una gran oportunidad que no podemos conseguir. En ese momento nos sentimos desilusionados o frustrados. Sin embargo, más tarde aparece algo mejor y nos damos cuenta que, lo que tanto queríamos, no era lo que más nos convenía.

Todo en esta vida tiene un orden divino, las cosas suceden en el momento preciso, no antes ni después. Ten calma y no te desanimes. Dios conoce tu situación, Él sabe exactamente lo que necesitas y te va a llegar en el momento apropiado.

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